Tu psicóloga de confianza en Puerto de Sagunto

Érase una vez un chico al que los demás señalaban con el dedo. Llevaba piercings, tatuajes y algún trastorno alimentario consigo. Escuchaba música de minorías. Le apasionaba transitar los lugares más insospechados por los que le podían transportar las lecturas que descansaban en su modesta mesilla de noche. Tanto salía de la norma, que las personas que se cruzaban con él tan sólo podían sacar su dedo índice del bolsillo y señalarle con descaro.
Un día llegó Navidad y, con ella, reuniones familiares en torno a apabullantes banquetes que sobrevivían de dos a tres días después (acumulando sobras sobre sobras…). En ellas, le imploraban comer turrón, cenar pavo y beber con todos a la mesa. Insistían. ¡Casi le exigían!, que debía ser así. ¡Era Navidad!, ¿qué otra cosa podía hacer sino comer y comer lo mismo que el resto? No podía ser de otra forma, de ninguna de las maneras.
Tras varios días sin demasiadas noches de paz, pero con algo de amor, el chico comía, pero no en la mesa. Bebía, pero no con ellos. Se prometió mejorar, pero de otra manera.
Una noche, andaban ya preparando las uvas que guiarían los instantes finales del año. La familia en la cocina. El chico en el salón. Y las voces despiadadas que conectaban ambas estancias. Hablaron de sus pendientes, de los garabatos en su piel y de aquello que él llamaba prendas. Cuestionaron sus compañías e incluso dejaron entrever sus dudas sobre algún que otro vicio oculto tras el problema alimentario. Dictaron sentencia al fin: – Que coma y se deje de tanta sandez”­– dijeron. Y cayó Año Nuevo, y tras él varios días más. Finalizaba ya otra de las arriesgadas cenas, cuando apareció un enorme roscón (o eso le pareció entonces) presidiendo la mesa. De acompañamiento, se sirvieron reproches, juicios y lamentos. De una silla a la otra. Y de la otra a la una. Decidió entonces el chico escribir una carta a sus majestades. Quizá aún llegaba a tiempo y los Reyes andaban preparando los camellos todavía:
“A SS. MM. los Reyes Magos de Oriente,
Estas Fiestas las he pasado en compañía de un trastorno alimentario. Me enseñó monstruos y precipicios. Mi familia también me acompañaba en todo momento. Y, sin embargo, no podía verlos. En algún instante, creí por un segundo que alguno de ellos alcanzó a hacerme la zancadilla junto al peligroso precipicio, y aunque trastabillé ligeramente, conseguí recuperar el equilibrio y observar con claridad. Mi primer deseo es una terapia con la que poder construir un puente que cruce el precipicio y me ponga a salvo. El segundo, para mi familia, se trata de un deseo especial para ayudarles a no perderse entre los monstruos que se sentaban a su lado estos días. Para ello, les deseo libros llenos de lecturas de las que aprender. Les deseo viajes en los que conocer nuevos mundos. Y les deseo la apertura mental suficiente como para devolver al resto tolerancia, respeto y humildad”.
Felices Fiestas.

Psic. Laura Ruiz Jurado

Cuento publicado en el diario web El Económico.

http://eleconomico.es/hemeroteca   (968 – 14/12/18)

 

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